Las ruinas del diablo – Entrevista a Julio Llamazares

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Las ruinas del diablo – Entrevista a Julio Llamazares

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Bruno Marcos.-En muchos momentos tu literatura plantea una reconstrucción del pasado a través de sus huellas o de sus ruinas, las narraciones populares del maquis, los pueblos abandonados o las fotografías familiares. ¿De qué forma crees que la mirada al pasado contribuye a la creación del presente?

Julio Llamazares.-El presente es el último instante del pasado, así que forma parte de él. Desde ese punto de vista, el presente se conforma con las creaciones y las ruinas del tiempo ido y no tiene ningún sentido sin ellas. Esto se entiende perfectamente cuando uno analiza la actualidad a la luz de la Historia. Y al contrario, cuando la gente, ignorando eso, comete la equivocación de pensar que lo que ocurre ahora no tiene nada que ver con lo que ocurrió hace tiempo. Somos lo que nos sucedió, lo mismo las personas que los países.

B.M.-Hablando de ruinas es obligado preguntarte, una vez más, por tu natal Vegamián desaparecido bajo el pantano. Lo has descrito muy bellamente en el artículo Volverás a región, que recoge tu visita al pueblo cuando emergió temporalmente de las aguas. Dices allí que es imposible describir la sensación que te invadió.

J.Ll.-La contemplación estética de la ruina es una idea romántica. Nace del descubrimiento por parte del hombre de que no sólo no es el centro del universo, como pensaba hasta ese momento al creerse la principal obra de un Dios creador del mundo, sino que el paso del tiempo lo destruye todo. A partir de ahí surge un gusto admirador de la ruina (en los jardines románticos se crean incluso de manera artificial), pero, a la vez, un temor a su significado. Es la idea del recientemente desaparecido Eugenio Trías cuando unió dos conceptos filosóficos en uno: lo bello y lo siniestro. Lo bello, decía citando a Rilke, es el comienzo de lo siniestro que todavía podemos soportar, mientras que lo siniestro (citaba Trías ahora a Schelling) es lo que, debiendo permanecer oculto, se nos ha revelado. Vegamián está en este segundo caso.

B.M.-Aunque la naturaleza es muy importante en tu obra te has mostrado crítico con el ecologismo porque plantea un retorno imposible. ¿Cómo puede plantearse nuestra relación con las ruinas de la naturaleza?

J.Ll.-Mi crítica al ecologismo tiene que ver con su carácter religioso, no con su naturaleza utópica. Las utopías me gustan, lo que no me gusta tanto es su sacralización. Y con la naturaleza ha ocurrido en cierta manera eso: se ha sacralizado por parte de muchas personas sin tener en cuenta que no es perfecta, que a veces es destructora, que el hombre debe, por eso, domesticarla a veces para sobrevivir él mismo. Otra cosa es que lo haga con exceso o por avaricia o especulación. Tiene que haber un punto de encuentro entre el hombre y la naturaleza, pero sin maniqueísmos. Ni la naturaleza es buena per se ni el hombre es malo por definición, ni la naturaleza es sólo un recurso económico ni el hombre es dueño absoluto de ella.

B.M.-En algún sitio de tus escritos cuentas que alguien te rebate diciendo que no se puede subvencionar la nostalgia. ¿Qué alternativas ves a la ruina del mundo rural?

J.Ll.-Difícil solución tiene. El mundo cambia y con él la vida. Ya no vivimos mayoritariamente de la agricultura (me refiero en Occidente, claro es). La gente se va a las ciudades, el campo se desertiza. Eso es así, queramos o no queramos.

Cuando yo hablo de conservar ciertos elementos (arquitectónicos, paisajísticos, demográficos, culturales) no lo hago por nostalgia, lo hago por identidad. Se trata de nuestra historia, incluso de nuestro presente en bastantes casos. Pero hay gente, sobre todo los tecnócratas, que identifica respeto a nuestro pasado con compasión. Y así nos luce el pelo.

B.M.-En un momento dado hablaste de una «España menguante» -a la que perteneceríamos nosotros- frente a otra creciente, como si el desarrollo en nuestro país no se pudiera abordar sin esta asimetría.

J.Ll.-El desarrollo económico de España ha sido eso: desarrollo, no progreso; de hecho, se habla de desarrollismo al referirse a una época concreta de nuestra reciente historia. Y desarrollo significa crecimiento económico a costa de lo que sea (el progreso, en cambio, implica armonía y orden). En España, por desgracia, las cosas se han hecho a lo bruto, sin buscar un equilibrio regional ni una justicia en los sacrificios. Así ha quedado el país, con zonas superpobladas junto a otras en ruinas o directamente desertizadas; basta mirarlo desde un avión. Muchos de nuestros problemas vienen de eso: de un crecimiento asimétrico e irrespetuoso, además de injusto.

B.M.-En un artículo de Nadie escucha hablas de un «factor corrector» que, previsto como un igualador de pobres y ricos, acaba por servir para lo contrario y viene a contribuir a la fatalidad que se ceba con León. El artículo es de 1992 pero sorprende su actualidad. Citas el cierre de minas, el desmantelamiento industrial, la supresión de líneas férreas, la construcción de pantanos… ¿Crees que esto es ya incorregible?

J.Ll.-El problema es que, en efecto, nadie escucha. Y que la gente que escucha no se rebela. Hay provincias a las que ya sólo les falta que le cuelguen el cartel de “Liquidación por ruina”, pero sus habitantes siguen tomando vinos como si nada.

B.M.-Siempre he oído en León contar que el Obispo Almarcha impidió el establecimiento de la Renault aquí porque los obreros afearían y desacralizarían estas tierras. ¿Cómo ves el papel que han jugado en el arruinamiento nuestro las gentes de aquí -o que pasaban por aquí- y, también, el nacionalismo leonés?

J.Ll.-No sé si eso es una leyenda o fue verdad. En cualquier caso, la actuación de una persona, por importante que haya sido en su momento, no explica la decadencia de una provincia entera. La decadencia de una provincia es responsabilidad de muchos, comenzando, claro está, por sus propios habitantes. Sobre el “nacionalismo” leonés sólo diré que soy antinacionalista. Ahora bien, digo también lo que aquel gallego: si no creo en la religión católica, que es la única verdadera, mal voy a creer en otra.

B.M.-A finales de los noventa y hasta la llegada de la crisis hubo en León muchas acciones que pretendían la puesta a punto del territorio. Se hicieron varias autopistas, alguna circunvalación, se peatonalizó el casco antiguo, se fundaron varios museos por la provincia, un auditorio, un museo de arte contemporáneo en la capital, etc. ¿Piensas que aquella gestión de la bonanza económica fue adecuada?

J.Ll.-No lo sé. Llevo fuera de León ya muchos años y, aunque regreso a menudo, no puedo opinar con todo el conocimiento que yo quisiera. Ahora bien, lo que sí puedo decir es que, a pesar de todo lo que tú dices, cada vez veo la provincia más triste y envejecida. Y que no tiene nada que ver con la actual crisis.

B.M.-En el anterior proyecto que puso en marcha la Fundación Cerezales, Territorio Archivo, se utilizó una metodología que me recuerda al planteamiento de tu Escenas de cine mudo, en tanto que se pretende construir la identidad del lugar recuperando la memoria a través de los recuerdos que evocan las fotografías particulares. Me ha llamado mucho la atención que reconociesen a los habitantes de estas comarcas como conservadores domésticos de un fondo documental común. ¿Cómo ves este planteamiento que supone sacar de lo privado los recuerdos y compartirlos?

J.Ll.-Me pareció muy interesante, al margen de los paralelismos que señalas con la estructura de mi novela. Es algo que se hace muchas veces: mirar para recordar. Y, también, y sobre todo, para reconstruir nuestra propia historia. La memoria es la verdadera patria del hombre, no el territorio. Por eso es tan importante que no se pierda.

B.M.-Este proyecto, Declaración de ruina, creo yo, pretende, entre otras cosas, plantear que el presente está siendo alcanzado, de alguna forma, por el pasado y que la ruina de sí mismo lo cerca y se filtra en su interior. ¿Compartes esta sensación? Y, si es así, ¿a qué tipología nueva o vieja de ruina nos enfrentaríamos?

J.Ll.-Comparto esa sensación por completo: la ruina está en la esencia del presente del mismo modo en que la utopía también lo está. Sobre esos ejes se asienta nuestro futuro.¿Cuáles serán las ruinas de un nuevo tiempo? Habrá que vivirlo primero, pienso. Predecir se me da muy mal.

B.M.-En un reportaje de En Babia hablas de las Colinas del Diablo, laderas idílicas cubiertas de hierba que, en realidad, habían sido construidas por la mujeres alemanas con las ruinas y los escombros de Berlín destruido en la segunda guerra mundial. ¿Hasta qué punto crees que nuestra realidad presente está edificada como las Colinas del Diablo?

J.Ll.-La realidad se asienta sobre muchas cosas, unas visibles y otros ocultas. Como escritor, a mí me interesan más estas, pero entiendo que otra gente no quiera conocer sino las otras. Son maneras diferentes de vivir.

B.M.-¿Es la España actual capaz de producir personajes como Gorete?

J.Ll.-Los personajes los crean las circunstancias. Gorete era un hombre normal al que la historia convirtió en un héroe. Pero él solo quería sobrevivir, como todos.

Esta entrevista forma parte del proceso de trabajo que hemos iniciado con «Declaración de ruina» y supone material adicional a las obras de sala de exposiciones. 

Otras entrevistas: Antonio Colinas, Ruinas Vivas

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