Ruinas Vivas – Entrevista a Antonio Colinas

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Ruinas Vivas – Entrevista a Antonio Colinas

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Bruno Marcos.-En tu obra poética aparece de forma repetida el tema de la ruina pero no solamente para evocar el pasado. En Freud en Pompeya escribes: «No sabe que la Parca siembra vida». ¿Podrías explicar de qué forma crees que las ruinas del pasado pueden favorecer la vida del presente?

Antonio Colinas.-En mi obra la ruina no remite a lo caduco, a lo perecedero, a la muerte, sino que es un símbolo fértil. Tenemos que pensar, para comprenderlo bien, a la expresión de Mircea Eliade «espacio fundacional». Es decir, la ruina es aquel espacio objetivo, arrasado por la Historia, sí, pero en el que, sin embargo, el ser humano aún puede sentir y pensar con objetividad, sin interferencias de otros mensajes. En consecuencia, las ruinas son una lección del pasado, un espacio para reflexionar en el presente y un signo para desentrañar el futuro. En definitiva, un espacio, por ejemplo, de ruinas arqueológicas es un espacio vivo. Por eso, lo visitamos, lo recorremos en paz, nos sentamos sobre una piedra, contemplamos; es decir, como afirmaba Fray Luis de León nos templamos-con, nos armonizamos con él.

B.M.-En un momento de Castra Petavonium podemos leer: «Dejad en paz la huesa, nadie mueva/ la losa inscrita». Y en varios de tus versos se refleja un sentimiento de profanación, como si la única forma que tiene la modernidad de acercarse al pasado es de una manera destructora. En Sepulcro en Tarquinia dices muy gráficamente: «a golpe de piqueta entraba el aire/ en aquel tabernáculo de sombra, / de milenaria piedra resonante,/ entraba el aire y todo se mutaba/ (…) hasta los brazaletes de buen oro/ se deshacían si alguien los tocaba.» ¿Cómo crees que debería ser ese acercamiento de la actualidad hacia el pasado a través de las ruinas o los restos arqueológicos?

A.C.-En parte ya lo he expresado en la respuesta anterior, pero qué duda cabe que las ruinas están también en nuestra memoria, en el origen de nuestra memoria. En mi caso, los campamentos de Petavonium, la ciudad desaparecida de Sansueña, el castro de Las Labradas y tantos otros espacios arqueológicos de nuestros territorios del noroeste, son unos lugares decisivos para el escritor, y en concreto para el poeta. Nos proporcionan una información preciosa a través de los cuentos y de los relatos orales que recibimos de los labios de nuestros abuelos. Las ruinas, como ese pasado, es pues una fuente que no cesa de iluminar el presente, que no cesa de manar y de proporcionarle al escritor informaciones preciosas. Son una de las fuentes de la memoria creadora y, en concreto, de la de la infancia y de la adolescencia, esas etapas primordiales para el creador.

B.M.-Señala Ángel L. Prieto de Paula en Musa del 68 que Sepulcro en Tarquinia es el más significativo poema sobre las ruinas de esa generación. ¿Crees que hay en él algo de generacional, que, realmente, un grupo de poetas veíais la historia de la cultura como un yacimiento del que podíais alimentaros espiritualmente pero que la época contemporánea no debía violar?

A.C.-No siempre las ruinas tienen en mi generación ese sentido vivo, fértil. Lo normal es que, en lo que entendemos a la ligera como poesía «culturalista», la ruina sea un elemento decorativo o un factor cultural muy importante para el poema. Por el contrario, y como ya he dicho, yo he procurado que los espacios de las ruinas sean algo más, y eso se aprecia en efecto muy bien en mi libro Sepulcro en Tarquinia. En él, las ruinas de nuestro noroeste contienden en un diálogo fecundo con las ruinas del mediterráneo, con las ruinas de Italia. Pero siempre son espacio de vida, lugares en los que se desarrolla la verdadera vida del poema. La cultura no es tal cultura si debajo de ella no tiembla la vida, la experiencia de ser.

B.M.-Hasta el momento hemos hablado de un tipo de ruina, digamos, noble, pero hay otra ruina humilde, que queda como huella de aspectos más negativos como la pobreza, el dolor o la injusticia. ¿Qué hacer con ella?

A.C.-Por supuesto la ruina, como tantos otros símbolos de la vida, posee un significado poliédrico, tiene más de un significado. En este sentido, la ruina puede significar lo contrario de cuanto he dicho; es decir, puede ser expresión de pobreza, de vejez, de dolor, de injusticia. Y también bajo este punto de vista el poeta pueda abordar la realidad y fijarla en sus poemas. Yo nunca he renunciado en mi obra a lo que he llamado la «realidad- realidad». Normalmente para testimoniar sobre ella he utilizado los artículos periodísticos, pero también hay en mi poesía esa presencia o sustrato de la realidad-realidad.

B.M.-¿Crees, en un aspecto psicológico, que la modernidad en cierto modo contempla las ruinas como proyección de esa sombra colectiva de la que hablara Jung?

A.C.-Por supuesto existe un gran sustrato psicológico en las ruinas y, en eso Jung, fue también un maestro. Pensemos en su valoración de la piedra, hasta el punto de que él gustaba de trabajarla con sus manos, de grabarla o pulirla, de inscribir en ella textos emblemáticos. Pensemos, por ejemplo, que para él la piedra era «energía indestructible», y nunca expresión de lo muerto o de lo inerte. Pensemos también en cuanto nos dijo al afirmar que cuando se sentaba sobre una piedra desaparecían todos sus males, la mente se vaciaba y la piedra tenía la capacidad de sanar. La piedra es por eso, más bien, un medio para neutralizar lo que él reconocía como la «sombra», algo que no debemos despreciar ni ignorar en nuestra psique, pero que debemos compensar. La piedra es también lo que – alzada– da lugar al muro, al edificio, a lo que sostiene y protege. ¿Y qué pensar de la significación de la «piedra angular» o de los sentido evangélicos que posee la piedra? La piedra, la ruina otra vez con significación fértil.

B.M.-¿Consideras que juega algún papel la ruina en la lucha de contrarios contra contrarios y en relación con el acceso a la armonía?

A.C.-Esa cercanía o proximidad a la piedra fértil deshace los «contrarios», remite a la idea de Unidad de los primitivos filósofos orientales y occidentales. La piedra, las ruinas, son como hemos dicho lugares para la contemplación y, en este sentido, nos conducen directísimamente a la idea de armonía y a la armonía. Los espacios de ruinas siempre suelen estar fundidos con la naturaleza y en ellos respiramos de manera consciente, equilibrada, completa. Yo siempre recomiendo aprender de memoria el Canto XXXV de mi libro «Noche más allá de la noche» y musitarlo como una plegaria. produce entonces una cierta paz. Ahí, junto a la ruina y sus piedras, también suele estar otro símbolo fértil: el del bosque. El bosque que también deviene en ruina cuando es destruído por un incendio. No hace muchos días que recorrí los pinares de Tabuyo arrasados por el incendio del pasado verano. También ese bosque abrasado, sus cenizas, son símbolo y expresión de la ruina, de significación dolorosa, pero la que llevará (esperemos) al rebrote de plantas y árboles, al regreso de las flores silvestres y de las abejas a sus colmenas.

B.M.-Este proyecto, Declaración de ruina, creo yo, pretende, entre otras cosas, plantear que el presente está siendo alcanzado, de alguna forma, por el pasado y que la ruina de sí mismo lo cerca y se filtra en su interior. ¿Compartes esta sensación? Y, si es así, ¿a qué tipología nueva o vieja de ruina nos enfrentaríamos?

A.C.-Vista en nuestros días críticos la ruina es sensación de caducidad, de crisis, pero a la vez puede serlo de renacimiento. Necesitamos un cambio de paradigma: el ir hacia otra realidad social y cultural en la que prevalezcan los valores sobre los meros intereses económicos y desarrollistas, sobre el saqueo de la naturaleza, sobre el vacío de la juventud, etc. Otra vez, en nuestro tiempo presente, la ruina puede tener un sentido dual: puede ser lo caduco o fuente de vida, espacio muerto o espacio para el sentir y el pensar en libertad, para alcanzar la libertad de ser y no como un don que se nos concede, sino como algo que nace de nuestro interior y que luego proyectamos en la sociedad.

B.M.-¿Qué piensas de aquellas palabras de Hölderlin que comentara Heidegger en las que decía que lo permanente lo instauran los poetas?

A.C.-Estoy totalmente de acuerdo. La poesía debe ser la palabra nueva por excelencia. No es una palabra más. No es la palabra que nos ofrecen los otros géneros literarios. Por eso, cuando ya no nos sirven los otros lenguajes (el económico, el político, el social, el cotidiano) ahí aparece el lenguaje poético, la poesía. Los grandes mandatarios de la tierra, en los momentos decisivos, se olvidan de las propias ideas y soluciones y acuden a unos versos o a un pasaje bíblico para expresar el primero y el último de sus mensajes, el definitivo.

Antonio Colinas es Premio Nacional de Literatura. Ofrecerá una conferencia en la Fundación Cerezales Antonino y Cinia ampliando este tema, el próximo día 27 de abril del 2013, a las 18:30 horas.
Tanto esta entrevista como la conferencia forman parte del proceso de trabajo que hemos iniciado con «Declaración de ruina» y suponen material adicional a las obras de sala de exposiciones.

 

Entrevista a Antonio Colinas por Bruno Marcos

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